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EL CIELO

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La alegría y la felicidad en el Cielo

395. Apenas hay persona alguna actualmente que sabe lo que es el cielo y lo que se entiende por dicha celestial; él que ha reflexionado sobre ello se habrá formado de ellos una idea tan común y vaga que apenas será idea alguna. Por los espíritus que del mundo vienen a la otra vida he podido saber de excelente manera que conceptos han tenido acerca del cielo y de la dicha celestial, porque allí, abandonados a sí mismos, como si estuviesen en el mundo, piensan de idéntica manera. La causa de que ignoran lo que es la dicha celestial es que, reflexionando sobre ella, han formado su concepto por las felicidades exteriores, que pertenecen al hombre natural, ignorando lo que es el hombre interior o espiritual, y por consiguiente igualmente ignorando lo que es el goce y la beatitud de este. Por esta razón no hubieran podido comprender lo que es y como es la dicha celestial, aun cuando lo hubieran dicho los que se hallan en un goce interior o espiritual, porque la manifestación de estos hubiera caído en idea desconocida para ellos, y por consiguiente no hubiera entrado en su percepción, por lo cual quedaría entre las cosas rechazadas por el hombre natural. Cualquiera puede, sin embargo, saber que el hombre al despojarse de lo exterior o natural entra en lo interior o espiritual, y que por consiguiente el goce celestial es un goce interior y espiritual y no exterior y natural, y que por ser interior y espiritual es más exquisito y puro; y que afecta a las cosas interiores del hombre o sea a su alma y espíritu. Sólo por estas cosas se puede concluir que cada uno tiene tal goce cual ha sido el goce de su espíritu, y que el goce del cuerpo, que se llama el goce de la carne, en comparación no es celestial. Igualmente se puede por ello saber que todo cuanto se halla en el espíritu del hombre, cuando se despoja del cuerpo material, permanece después de la muerte, porque entonces el hombre vive como espíritu.

396. Todo goce viene del amor, porque todo cuanto, el hombre ama, siente como gozo. Ninguno tiene gozo de otro origen. Los goces del cuerpo o de la carne nacen todos del amor a sí mismo y del amor al mundo; de allí vienen también las concupiscencias y placeres derivados de ellas; los goces del alma o del espíritu, por otra parte, provienen del amor al Señor y del amor al prójimo; de allí son asimismo las inclinaciones al bien y a la verdad y las felicidades interiores. Estos amores con sus goces influyen del Señor y del cielo por vía interior, o desde arriba, y afectan las cosas interiores; pero los otros amores con sus goces influyen de la carne y del mundo por vía exterior, o sea desde abajo, y afectan las cosas exteriores. Por lo tanto, en la medida en que son recibidos los amores celestiales y afectan, se abren las cosas interiores, que son las del alma o del espíritu y, miran desde el mundo arriba hacia el cielo, pero en la medida en que se reciben los amores del mundo y afectan, se abren las cosas exteriores, que son las del cuerpo o de la carne, y se apartan del cielo, mirando al mundo. Según y coniforme influyen y son recibidos los amores, influyen también sus goces; los goces del cielo en las cosas interiores, los goces del mundo en las exteriores, porque todo goce pertenece a su amor, según se ha dicho antes.

397. El cielo en sí mismo es tan lleno de goces que en y por sí considerado es entera y completamente gozo y beatitud, porque el Divino bien procedente del Divino amor del Señor hace el cielo en general y en particular en cada uno allí, y el Divino amor desea la salvación de todos y la felicidad de todos desde lo más interior y plenamente. Decir "cielo," o decir "goce celestial" es por lo tanto una misma cosa.

398. Los goces del cielo son innumerables al par que inefables, pero de estos goces nada puede saber él que se halla exclusivamente en el goce del cuerpo o de la carne, porque, como ya se ha dicho, sus cosas interiores se apartan del cielo y miran hacia el mundo, por consiguiente por detrás. Él que se halla totalmente en el goce del cuerpo o de la carne, o lo que es lo mismo, en amor a sí mismo y al mundo, no siente goce alguno más que en honores, lucros y los placeres del cuerpo y de los sentidos, cuyos goces de tal manera extinguen y sofocan los goces interiores, que son del cielo, que hace creer que no existen, y este hombre se extraña altamente con tan sólo oír decir que existen goces aparte de los honores y lucros y más aun si se le dice que los goces del cielo, que deben sustituir a aquellos son innumerables y de tal naturaleza que los goces de honores y lucros no se pueden comparar con ellos. Por esto se ve claramente por qué causa se ignora lo que es el goce celestial.

399. Cuan grande es el goce del cielo consta por el mero hecho de que cada uno allí tiene su goce por comunicar su goce y su bienaventuranza a otros, y, siendo tales todos en el cielo, es evidente que el goce del cielo es inmenso, considerando lo que antes se ha dicho (n. 268), que en el cielo existe una comunicación mutua de todos a cada uno y de cada uno a todos. Esta comunicación proviene de los dos amores del cielo, los cuales, como se ha dicho, son el amor al Señor y el amor al prójimo. Estos amores son comunicativos de sus goces. Que el amor al Señor es así es porque el amor del Señor es amor de comunicar todo lo suyo a otros, porque quiere la felicidad de todos. Un amor parecido hay en cada uno que ama a Él, puesto que el Señor está en ellos y de allí viene la mutua comunicación de los goces del amor de los ángeles entre ellos. Que igualmente el amor al prójimo es así se verá más adelante. Consta, pues, que estos amores son comunicativos de sus goces: El caso es diferente con el amor a sí mismo y al mundo. El amor a sí mismo desvía y quita de otros todo goce, dirigiéndolo hacia sí mismo porque desea el bien únicamente a sí mismo, y el amor al mundo quiere que sea suyo lo que es del prójimo; estos amores son por consiguiente destructivos con respecto al goce de otros; si son comunicativos es sólo por interés propio y no por el bien de otros, por lo cual, con respecto a otros no son comunicativos sino destructivos, salvo en cuanto los goces de los otros concuerdan con ellos o están en ellos mismos. Que el amor a sí mismo y el amor al mundo son así cuando dominan me ha sido dado percibir a menudo y por viva experiencia. Cada vez que se me han acercado espíritus que mientras vivían como hombres en el mundo se hallaban en aquellos amores, ha cesado y desvanecido mi gozo, y se me ha dicho además que con sólo aproximarse tales espíritus a una sociedad celestial, disminuye el gozo de la sociedad exactamente en la medida de la proximidad, y, lo que es asombroso, estos espíritus malos se hallan entonces en su gozo. Por esto me fue claro como es el espíritu de semejante hombre mientras que vive en el cuerpo, porque es el mismo después de ser separado del cuerpo; codicia o desea el goce o el bien de otros, y en la medida en que consigue hacerse con él siente gozo. Se ve por esto que el amor a sí mismo y el amor al mundo tienden a destruir el goce del cielo; son totalmente opuestos a los amores del cielo, que son comunicativos.

400. Pero hay que saber que el goce que sienten los que tienen amor a sí mismo y al mundo, cuando se acercan a una sociedad celestial, es el goce de su concupiscencia, y por consiguiente también enteramente opuesto al goce del cielo. En el goce de su concupiscencia entran mediante alejar y quitar el goce celestial de los que se hallan en él. Otra cosa sucede cuando no tiene lugar alejamiento y privación; entonces no pueden acercarse, puesto que en la medida en que se acercan experimentan angustia y dolores; por esta razón rara vez se atreven a acercarse. Esto me ha sido permitido experimentar también varias veces; de cuyas experiencias referiré algo. Los espíritus que del mundo entran en la otra vida no tienen mayor deseo que el de entrar en el cielo. Casi todos los espíritus desean esto, creyendo que el cielo es sencillamente ser introducido y recibido; y al desearlo son conducidos a alguna sociedad del último cielo. Al llegar al primer borde de este cielo empiezan los que están en amor a sí mismo y al mundo a angustiarse y a sufrir tal tormento interior que sienten más bien el infierno que el cielo, por cuya razón huyen precipitadamente de allí y no se detienen hasta encontrarse en el infierno entre los suyos. Con frecuencia ha ocurrido que semejantes espíritus han deseado conocer lo que es el goce celestial y al oír que existe en el interior de los ángeles, han deseado que les fuere comunicado, lo cual también se ha verificado, porque a un espíritu que aún no está en el cielo ni en el infierno, le es concedido lo que desea si es beneficioso para él. Verificada la comunicación comenzaron a experimentar unos tormentos tan intensos que no sabían que hacer; les he visto bajar la cabeza hasta los pies, echarse por tierra y allí retorcerse a manera de serpientes, a causa de los tormentos interiores. Tal es el efecto producido por el goce celestial en los que se hallan en el goce del amor a sí mismo y al mundo. La causa es que estos amores son totalmente opuestos a los amores celestiales, y al obrar una fuerza en otra fuerza opuesta resulta semejante dolor; porque, el goce celestial entra por vía interna, influyendo en el goce contrario, torciendo las cosas interiores de este goce hacia atrás, forzándole a hacer oposición a sí mismo; por ello resultan tales tormentos. La razón por la cual son opuestos es que el amor al Señor y el amor al prójimo quieren comunicar todo lo suyo a otros porque esto es su goce, y el amor a sí mismo y al mundo quieren despojar a otros de lo suyo y añadirlo a sí mismos, y en cuanto pueden conseguirlo se hallan en su goce. Esto da a conocer también la razón por la cual el infierno está separado del cielo; es que todos los que están en el infierno se hallaban, mientras que vivían en el mundo, en el exclusivo goce del cuerpo o de la carne, por el amor a sí mismo y al mundo; y que todos los que están en el cielo se hallaban, mientras que vivían en el mundo, en el goce del alma y del espíritu por el amor al Señor y al prójimo, y, puesto que estos amores son opuestos, se hallan los infiernos y los cielos completamente separados, hasta el punto de que un espíritu que está en el infierno no se atreve a sacar fuera siquiera un dedo, ni levantar encima la parte más superior de la cabeza; apenas lo haga, sufre convulsiones y torturas. Esto he visto muchas veces.

401. El hombre que se halla en amor a sí mismo y al mundo siente, mientras que vive en el cuerpo, goce en estos amores y en toda voluntad que proviene de ellos; pero el hombre que se halla en amor a Dios y en amor al prójimo no siente goce manifiesto por estos amores mientras que vive en el mundo, sino solamente una beatitud casi imperceptible, porque se hallan escondidos en su interior cubiertos por lo exterior, que pertenece al cuerpo, y debilitados por los cuidados del mundo. Pero el estado cambia completamente después de la muerte. El goce del amor a sí mismo y al mundo se trasforma entonces en cosas tristes y espantosas; en lo que se llama el fuego infernal, alternando con escenas sucias y asquerosas, que corresponden a sus inmundos placeres, las cuales, cosa extraña, entonces son goces para ellos. Pero el débil goce y la beatitud casi imperceptible que en el mundo había en los que se hallaban en amor a Dios y al prójimo, cambian entonces en goces del cielo, y déjanse percibir y sentir de innumerables maneras, porque la beatitud que se hallaba escondida en las cosas interiores, mientras que vivían en el mundo, se revela entonces manifiestamente a los sentidos, puesto que entonces el Hombre se halla en su espíritu y el goce aquel era el goce de su espíritu.

402. Los goces del cielo se hallan todos unidos al uso y provecho e ínsitos en estos, porque los usos son los bienes del amor y de la caridad, en cuyos bienes se hallan los ángeles. Los goces son por lo tanto para cada uno tales cuales son los usos y su intensidad es igualmente según el grado de inclinación al uso. Que todo goce del cielo es el goce del uso puede constar por una comparación con los cinco sentidos del hombre. a cada sentido es dado su goce coniforme el uso que presta, a la vista el suyo, al oído el suyo, al olfato el suyo, al gusto el suyo y al tacto el suyo. A la vista el goce de la hermosura y de formas, al oído el de las armonías, al olfato el de los olores, al gusto el de los sabores. Los usos que prestan conoce él que reflexiona y sobre todo él que conoce las correspondencias. La vista tiene su goce por el uso que presta al entendimiento, que es la vista interior; el oído tiene su goce por el uso que mediante el escuchar presta tanto a la voluntad cuanto al entendimiento; el olfato tiene su goce por el uso que presta al cerebro y también al pulmón; el paladar tiene su goce por el uso que presta al estómago y por consiguiente al cuerpo entero, nutriéndolo; el goce conyugal, que es del tacto más puro y exquisito, es más excelente que todo otro goce a causa de la procreación del género humano, y por conducto de este de la de los ángeles del cielo. Estos goces se hallan ínsitos en los mencionados órganos sensorios por el influjo del cielo, y con este viene todo goce mediante el uso y coniforme el uso.

403. Ciertos espíritus creían por una opinión adquirida en el mundo que la felicidad celestial consiste en una vida ociosa, en la que son asistidos por otros; pero a estos fue dicho que jamás puede haber felicidad alguna en permanecer ocioso y por ello tener felicidad. De esta manera cada uno desearía para sí la felicidad de otro y deseando esto todos, nadie la tendría. Semejante vida no sería una vida activa, sino una vida paralizada en la que todos se entorpecerían. Debían comprender, sin embargo, que sin una vida activa no hay felicidad posible en esta vida; sí en ella hay inactividad es solamente por la necesidad de recrear el cuerpo, con el fin de volver a la actividad de la vida con mas ánimo. Luego les fue manifestado mediante varios ejemplos que la vida angélica consiste en obrar los bienes de la caridad, que son usos y provechos, y que toda la felicidad de los ángeles viene por el uso, del uso y conforme al uso. A fin de que se avergonzasen los que creían que el goce celestial consiste en vivir inactivos, respirando en ociosidad un goce eterno, les fue dado percibir lo que sería semejante vida; percibieron que sería tristísima, y, desvaneciéndose todo el goce, sentirían pronto fastidio y náusea.

404. Ciertos espíritus que se creían más instruidos que otros dijeron que su creencia en el mundo era que el goce celestial consiste exclusivamente en alabar y ensalzar a Dios y que esto era una vida activa; pero les fue dicho que el alabar y ensalzar a Dios no es tal vida activa; que Dios no tiene necesidad de alabanza y ensalzamiento, sino que quiere que se hagan usos y provechos, o sea los bienes llamados bienes del amor al prójimo; pero ellos no podían en manera alguna figurarse que en los bienes del amor al prójimo hay goce alguno celestial, sino tan sólo obligación. Los ángeles les aseguraban sin embargo, que en estos bienes hay verdadera libertad, puesto que proviene de una inclinación íntima y van unidos a un goce inefable.

405. Casi todos los que entran en la otra vida creen que el infierno es igual para todos y el cielo asimismo igual para todos, siendo, sin embargo, así que en ambas hay infinita variación y diversidad. Ni el infierno ni el cielo es jamás para uno exactamente igual que para otro, así como no hay hombre, espíritu o ángel exactamente igual a otro, siquiera en cuanto al rostro. Con sólo pensar yo que pudieran existir dos seres exactamente iguales o similares, se estremecieron los ángeles y dijeron que toda entidad nace de varios individuos en armonioso acuerdo y la entidad es tal como es el acuerdo. Cada sociedad del cielo forma así una entidad y el conjunto de todas las sociedades del cielo forma también una sola entidad, y esto por virtud del Señor sólo mediante el amor. Los usos y provechos en el cielo son también de infinita variación y diversidad y jamás es el uso de uno exactamente similar o idéntico al de otro; por consiguiente tampoco los goces; aun más. Los goces de cada uno son innumerables y cada uno de estos goces innumerables envuelven a su vez variaciones, combinadas, sin embargo, en tal orden que guardan mutuamente relación como los usos de cada miembro órgano y víscera del cuerpo, y como los usos de cada vehículo y fibra en cada miembro, órgano y víscera, cuyas cosas se hallan coordinadas y relacionadas todas y cada una de tal manera que una encuentra su bien en otra; por consiguiente en el conjunto de todas y todas en una. A causa de esta relación común y particular obran juntas como una sola cosa.

406. Con espíritus que acaban de llegar del mundo he hablado varias veces sobre el estado de la vida eterna, es decir, que debía importarles saber quien es el Señor del reino, cual el régimen y cual la forma del mismo, como en el mundo importa a aquellos que vienen a otro reino; a quienes nada importa tanto como el conocer quien y como es el rey, el gobierno y varios detalles relativos al régimen. A más fuerte razón debía importarles esto en este reino, donde habían de vivir eternamente. Que les conste por lo tanto que es el Señor que gobierna el cielo y asimismo el universo, porque Él que gobierna aquel, gobierna este; por consiguiente que el reino en el cual se hallaban es del Señor, y que las leyes de este reino son las verdades eternas, que todas se fundan en la verdad principal que se debe amar al Señor sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo. Oído esto nada podían contestar porque habían oído decir algo parecido mientras que vivían en el cuerpo, pero sin creerlo, y quedaron asombrados al oír que tal amor existe en el cielo y que puede infundirse hasta tal grado que se ame al prójimo más que a sí mismo; pero fueron informados de que en la otra vida todos bienes crecen inmensamente; que la vida del cuerpo por su naturaleza no permite alcanzar más que amar al prójimo como a sí mismo, por hallarse el hombre entonces en las cosas corporales, pero después de ser apartadas estas, el amor se hace más puro y finalmente angelical, cuyo amor es amar al prójimo más que a sí mismo: porque en el cielo es un goce el hacer bien a otro, pero no hay allí goce alguno en hacerse bien a sí mismo si no es con el fin de beneficiar a otro, por consiguiente a causa de otro y así se ama al prójimo más que a sí mismo. Les fue dicho que la existencia de tal amor puede constar en el mundo por el amor conyugal de ciertas personas que han preferido morir antes de dejar que sufriera perjuicio el cónyuge. Por el amor de los padres para con sus hijos; que una madre prefiere sufrir hambre antes de permitir que al hijo falte el alimento. Por la amistad sincera, que se expone a peligros por los amigos; por la amistad urbana y simulada, la cual quiere imitar a la amistad sincera, ofreciendo la mejor parte a los amigos, a quienes llaman queridos con los labios pero no en el corazón; finalmente, por la naturaleza misma del amor, la cual es tal que para él es una alegría el servir a otros, no por su propio bien sino por el bien de ellos. Pero estas cosas no podían comprender estos espíritus que se amaban a sí mismos más que a otros, y que en la vida del cuerpo fueron ávidos de lucro; los avaros menos que otros.

407. Cierto espíritu, que en la vida del cuerpo había gozado de mayor poderío que otros, continuaba en la otra vida queriendo imperar. a este le fue dicho que se hallaba en otro reino, que es un reino eterno; que su imperio en la tierra había concluido, y que ahora cada uno gozaba de estima sólo según el bien y la verdad y según la misericordia del Señor en el cual se hallaba a consecuencia de su vida en el mundo. Asimismo le fue dicho que en este reino como en la tierra se estima a uno por su opulencia y por la gracia que goza cerca del Príncipe. Las opulencias aquí son el bien y la verdad, y la gracia del Príncipe es la misericordia del Señor de la cual goza el hombre con arreglo a su vida en el mundo. Si quería imperar de otra manera, era un rebelde, puesto que se hallaba en el reino de otro. Oído esto se avergonzó.

408. He hablado con espíritus que creían que el cielo y el gozo celestial consisten en grandeza; pero les fue dicho que en el cielo el mayor es él que es el más pequeño, porque se llama pequeño al que nada sabe y en nada es sabio por sí mismo, y que nada quiere saber y en nada quiere ser sabio por sí mismo, sino por el Señor. Por ser tal este más pequeño, tiene la mayor felicidad, y por tener la mayor felicidad resulta ser el más grande, porque de esta manera sabe por el Señor todas las cosas, y es más sabio que los otros y ¿qué es ser el más grande sino ser el más feliz? porque ser el más feliz desean los poderosos por el poder y los opulentos por la opulencia. Además les fue dicho que el cielo consiste en desear el bien a todos de todo corazón; y en ministrar a otros para su felicidad, no con algún fin egoísta de ser recompensado, sino por amor.

409. El goce celestial tal como es en sí mismo no se puede describir; porque se halla en las más íntimas cosas de la vida de los ángeles; por consiguiente en cada detalle de su pensamiento y de su inclinación y por conducto de estos en cada detalle del habla y en cada detalle de sus actos; es como si sus más íntimas cosas estuvieren enteramente abiertas y dispuestas a recibir el goce y la beatitud, los cuales se comunican a toda fibra, por consiguiente a todo el cuerpo y por esta razón la percepción y la sensación de ellos es tal que no se puede describir, puesto que principia por las cosas más íntimas e influye en todo detalle derivado de las íntimas, propagándose siempre con aumento hacia las cosas exteriores. Cuando los espíritus buenos que todavía no se hallan en este goce por no haber sido todavía elevados al cielo, lo perciben por la esfera del amor de un ángel, se llenan de un goce tan intenso que parecen caer en un dulce desmayo; esto ha sucedido algunas veces con los que han deseado conocer lo que es el goce celestial.

410. Otros espíritus anhelaban igualmente conocer lo que es el goce celestial, por lo cual les fue concedido percibirlo hasta el máximo grado en que lo podían soportar; no era, sin embargo, el goce angelical mismo; apenas era como el más ligero gocé de los ángeles, y les fue dado percibirlo por comunicación; era tan insignificante que casi era algo frío, y no obstante lo estimaron lo más celestial, porque era el goce más íntimo de ellos; de esto me resultó claro que en el goce celestial no tan sólo hay grados, sino también que lo más íntimo de uno apenas alcanza a lo más exterior o intermedio de otros y asimismo que alcanzando uno lo más íntimo del suyo se halla entonces en su goce celestial y no puede soportar otro más interior, el cual para él resulta doloroso.

411. Ciertos espíritus que no eran malos, cayeron en un reposo parecido a un sueño, y de esta manera fueron, con respecto a las cosas interiores de sus mentes, elevados al cielo, porque los espíritus, antes de ser abiertas sus cosas interiores pueden ser trasladados al cielo y allí instruidos con respecto a las felicidades de los que allí están. Después de haber reposado, así durante una media hora, les vi reincidíos en sus exteriores en los cuales se hallaban antes, guardando al mismo tiempo el recuerdo de las cosas .que habían visto. Dijeron que habían estado entre los ángeles en el cielo y allí habían visto y percibido cosas asombrosas; todo resplandecía como oro y plata y piedras preciosas en admirables formas, variando maravillosamente; que los ángeles no se gozaban de las cosas exteriores mismas sino de las cosas que estas representaban, las cuales eran inefables, Divinas y de una sabiduría infinita; estas cosas les causaban goce. Vieron además innumerables cosas que no se pueden expresar en lenguaje humano siquiera en una diez milésima parte, ni pueden caber en las ideas que llevan en sí-algo de material.

412. Casi todos los que entran en la otra vida ignoran lo que es el goce celestial, porque ignoran lo que es el goce interior; sólo de las alegrías y goces corporales tienen percepción, y por esta razón creen que aquello que ellos ignoran es nada, siendo, sin embargo, así que los goces corporales y mundanos son comparativamente de ningún valor. Por esta razón los sinceros, que ignoran lo que es el goce celestial, a fin de que lo sepan y conozcan, son primero conducidos a paisajes paradisíacos, cuya hermosura excede a toda imaginación, creyéndose entonces entrar en el paraíso celestial; pero son informados de que esta no es la verdadera felicidad celestial, y les es dado conocer los estados interiores del goce, perceptible hasta su más íntimo grado, y entonces reconocen que nada de ellos se puede expresar ni pensar; finalmente son introducidos en el estado de inocencia igualmente hasta su más íntima percepción; mediante esto aprenden a conocer lo que es el verdadero bien espiritual y celestial.

413. A fin de que reconociera lo que es el cielo y el goce celestial, me ha sido dado por el Señor percibir los goces y las alegrías celestiales, a menudo y durante amplio tiempo, por cuya razón lo conozco por viva experiencia, pero no puedo describirlo. Sin embargo, referiré algo aunque sólo sea para dar de ello una vaga idea. Es una sensación de innumerables alegrías y goces, las cuales en conjunto presentan cierta cosa común, en cuyo común, o sensación común, hay armonías de innumerables sensaciones, que no pueden llegar a clara percepción, sino tan sólo confusamente, esta es la percepción más común. Me fue dado percibir, sin embargo, que en ella había innumerables cosas arregladas de tal manera que jamás se podrán describir. Estas innumerables cosas fluyen tales como son del orden del cielo; este orden está en toda la sensación y en cada detalle de ella, presentándose los detalles sólo como un conjunto común o general y percibiéndose según la capacidad del que lo experimenta; en una palabra, una infinidad de cosas en arregladísima forma se halla en cada sensación común; no hay detalle que no anima y afecta, y precisamente desde lo más íntimo. Percibí también que el goce y la delicia venían por así decir del corazón, difundiéndose suavemente por toda fibra interior y desde allí por las fibras compuestas con tal íntima sensación de alegría que las fibras apenas eran más que alegría y delicia y por ello era todo cuanto había (en mí) de perceptivo y sensitivo igualmente vivo por la felicidad. El goce de los placeres corporales en comparación con estos goces es como un grumo grueso y crudo en comparación con un aura pura y suavísima. Observé que al querer comunicar a otro toda mi dicha, influía en su lugar constantemente una dicha más interior y más completa que la primera, y cuanto más lo deseaba tanto más influía y percibí que esto venía del Señor.

414. Los que están en el cielo progresan continuamente hacia la primavera de la vida y hacia una primavera tanto más agradable y feliz, cuanto más miles de años viven, con eterno aumento según los progresos y los grados del amor, de la caridad y de la fe. Las del sexo femenino que han muerto en alta vejez, debilitadas por los años, habiendo vivido en la fe en el Señor, en amor al prójimo y en feliz amor conyugal con sus maridos, vuelven después de una serie de años más y más a la flor de la juventud y de la adolescencia, y a tener una hermosura que excede a toda idea de hermosura perceptible a la vista. Es el bien y el amor al prójimo que forman y presentan la semejanza suya, haciendo que lo agradable y lo hermoso del amor al prójimo trasluce en todas las facciones del rostro, de manera que son las formas exactas del amor al prójimo. Algunos que las han visto han quedado como estupefactos. La forma del amor al prójimo, cuyo amor es vivamente percibido en el cielo, es tal que es el amor al prójimo mismo que forma su imagen y es formado en imagen, hasta tal punto que se puede decir que todo el ángel, principalmente el rostro, es el mismo amor al prójimo, que aparece manifiestamente, y se deja percibir. Es una forma que cuando es contemplada presenta una hermosura inefable, la cual con amor al prójimo afecta la más íntima vida de la mente. En una palabra: envejecer en el cielo es rejuvenecer. Los que han vivido en amor al Señor y en caridad, llegan a ser tales formas o tales hermosuras en la otra vida. Todos los ángeles son tales formas, con infinita variación; de estas formas consiste el cielo.

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